VIVIR Y MORIR EN UNA GRAN CIUDAD
Evelyn
Una suave brisa entraba por la ventana abierta en la cocina. Un reloj de cuco, bastante antiguo y en un mal estado considerable, pero que extrañamente seguía dando la hora con eficacia (a pesar de los terribles golpes que había recibido), daba en ese momento las 12 del mediodía. Las cortinas, hinchadas por el viento, dejaban ver a través de sus translúcida textura un grupo de niños jugando en la calle con un balón. El pequeño jardín delantero se encontraba en un estado bastante malo, hacía varios meses que nadie lo podaba y las malas hierbas lo habían invadido. Pensé que sería una buena idea arreglarlo un poco, así que dejé el bote de limpia cristales y el trapo, arrugado y sucio, en un pequeño armario de la cocina y me dirigí tarareando una canción hacia el dormitorio. La cama de matrimonio ocupaba la mayor parte de la estancia, la colcha color crema reflejaba la luz que atravesaba los cristales del ventanal, lo que le daba un aire majestuoso al mueble, que realmente era bastante común y viejo.
Abrí la puerta del armario y saqué unos viejos vaqueros, una descolorida camisa a cuadros y una raída pamela de paja. Me quité las zapatillas de estar por casa y me desabroché la falda. Era una prenda negra con adornos blancos que me llegaba a la altura de las rodillas. Estaba fabricada en una tela blanda y suave que se redujo a un pequeño bulto cuando calló al suelo deslizándose por mis piernas. La camiseta que llevaba no hacía juego con la falda. Se trataba de una antigua prenda de color grisáceo, bastante vieja y desgastada. El conjunto resultaba bastante raro.
Sin dejar de tararear la canción me enfundé los vaqueros, me puse la camisa, dejando que los faldones colgasen por fuera y me calcé unas botas de jardinero. Me puse la pamela sobre la cabeza y me giré para colocármela frente al espejo. Entonces regresé a la realidad. La canción se cortó de golpe. Allí, en el cristal, mirándome de frente, se veía la cara de una mujer de unos cuarenta años, con el pelo castaño y los ojos color miel. Si no fuera por el tono morado intenso de uno de los pómulos, por la aureola verdosa que envolvía los ojos y la hinchazón de labio superior, además de unos cuantos cortes, aquel rostro habría sido hermoso. Me quité el sombrero lentamente mientras dejaba escapar una lágrima solitaria. Me dejé caer en la cama y rememoré la noche anterior. Vi claramente cómo llegaba Arthur. Escuché sus gritos cuando le dije que la cena aún no estaba lista, le vi coger el viejo reloj...sentí todos y cada uno de sus puñetazos y bofetadas...sentí como, horas más tarde, mi hijo me abrazaba...pude escuchar como aullaba el perro y percibir el olor a quemado de la cena...
Apenas me di cuenta de que el tiempo pasaba. Estuve llorando durante horas. Cuando levanté la vista de la almohada vi que ya había oscurecido y un escalofrío me recorrió la espalda. Me levanté rápidamente y corrí a la cocina. Arthur debía estar a punto de llegar y aún no tenía la cena lista...otra vez no...Entonces se abrió la puerta de la calle y un penetrante olor a alcohol invadió la casa. Mi marido entró en la cocina y comenzó a gritarme, como de costumbre:
- ¡¿Aún no esta la cena, perra?!
- Enseguida te la sirvo Arthur, serán solo cinco minutos.
- ¡Cinco minutos! Puta zorra...
La discusión no se prolongó más, comenzó a golpearme con las manos sin piedad alguna, al menos esta vez apenas me había insultado...pero parecía terriblemente furioso, nunca me había pegado tan fuerte...entre lágrimas de dolor e impotencia comencé a suplicarle que parara, pero mi marido no me hizo caso. Una silueta apareció en el umbral de la puerta, pero no pude ver quien era, la mano de mi marido cortó el aire para estrellarse en mi rostro y lanzarme varios metros a la derecha; más que sentir intuí un nuevo golpe contra algún mueble. No vi ni oí nada más.
Arthur
Las doce. Buena hora para ir a tomar una cerveza con los compañeros de trabajo, después de una dura jornada. Realmente era un día bastante agradable, no hacía mucho calor ni desde luego hacía frío, el día en la oficina había ido bastante bien y la jornada ya estaba cerrada. John y yo entramos en un bar cerca de mi casa para refrescarnos un poco. Pedí un Old Virginia con cocacola.
- Lo que te estaba contando John, a las diez de la noche y la cena aún estaba sin servir.
- ¡Hay que joderse!
- Si, la muy zorra, se tira todo el día en casa rascándose el coño y ni siquiera es capaz de tenerme la cena hecha cuando vuelvo del trabajo.
- Tienes toda la razón, es imperdonable, ¿qué hiciste?
- ¿Que qué hice? Pues lo único que podía hacer; le di un par de bofetadas, para que aprendiese la lección la muy puta.
- Ajá, eso es, que se entere quien lleva los pantalones.
- Sí, seguro que hoy no se le olvida, y si se le olvida, peor para ella.
La conversación cambió de rumbo varias veces durante las horas que pasamos charlando y bebiendo. Ya era hora de que pudiese tener un descanso. La gente entraba y salía del bar, se apoyaba en la barra mugrienta, se sentaba a las mesas cojas y sucias y bebía distintos néctares por litros. Tomé varios Old Virginia y un par de cervezas, solo para refrescarme. El calor se estaba volviendo sofocante.
Disertando con John el tiempo pasaba realmente rápido, comenzaba a hacerse tarde, pero ¡qué demonios, par algo me paso el día trabajando! Ya había oscurecido cuando interrumpí mi reunión con John para ir a casa. Entré por la puerta, de un color blanco ligeramente amarillento a causa del sol. Me dirigí a la cocina, ya era hora de cenar.
Sin embargo, esa puta de mi mujer aún estaba detrás estaba cocinando; ¡qué desfachatez! ¡Que sin vergüenza! No pude reprimirme cuando me dijo que la cena aún no estaba lista ¡y tuvo la cara de decir que lo estaría enseguida! ¡¿Enseguida?! No, debía estar ya lista. No lo soporté, me acerqué a ella y comencé a zarandearla, le di un par de bofetadas y le eché la bronca; se lo había ganado, la muy cabrona...será puta...Una de las bofetadas la lanzó varios metros a la derecha, ¡cuánto teatro...!
- ¡DÉJALA!
Siguiendo a ese grito llegó a mis oídos un ruido muy fuerte y un dolor punzante y muy intenso atravesó mi costado derecho. El dolor era muy fuerte, no sentí nada más, me desmayé.
Mary Anne
Aquel día se estaba convirtiendo por momentos en un sueño...aquel salón forrado de madera, con muebles antiguos, frisos y cenefas carísimas, aquella casa de aspecto victoriano, aquella fiesta....todo.
No podía evitar que la carne se me pusiera de gallina y el pelo de la nuca se me erizase cada vez que mi mirada se cruzaba accidentalmente con la suya...Allí estaba él, con su larga melena de un color negro azabache muy intenso y unos ojos verdes profundísimos, con su semblante adulto, maduro, pero juvenil, con la sombra de una barba uniforme...
De forma inconsciente comencé a coquetear con Kevin...a esas alturas ya estaba segura de que todo era un sueño. No pude evitar que me temblara todo el cuerpo cuando la luz del crepúsculo, atravesando las enormes ventanas y llegando a nosotros de forma tenue, ilumino nuestros rostros, instantes antes de besarnos...aquello fue indescriptible...sin embargo no lo entendía, me había evitado tantas veces...
Aparté de mí esos pensamientos cuando, levantándome en brazos, me condujo a una habitación en el piso superior. Sus manos, grandes y fuertes, se deslizaron por todo mi cuerpo, acariciando cada curva, cada rincón...antes de darme cuenta mi vestido se encontraba en el suelo, arrugado junto a mi ropa interior, mirando de frente los vaqueros, la camiseta negra y los boxer de Kevin.
Apenas un segundo después podía sentir su lengua acariciando dulcemente mi sexo...el tiempo parecía no transcurrir mientras hacíamos el amor, podía sentir cómo con cada compás una dosis de cariño entraba en mi junto a su miembro. No soy capaz de describir con mayores y mejores detalles aquellos momentos, soy incapaz de comentar ni siquiera la magnificencia y sensibilidad del orgasmo, no puedo articular bien las palabras cuando pienso en los momentos que pasé abrazada a su pecho, desnuda, semicubierta con una sábana después de aquel sueño maravilloso.
Sin embargo recuerdo el dolor y la desilusión que sentí cuándo, aproximadamente quince minutos después, salía vestido con aquellos vaqueros ajustados y su camiseta por la puerta de la casa y ponía un rumbo indefinido, escondiendo algo entre la camiseta y el pantalón. No pude comprenderlo...
Kevin
¿Porque aquel día parecía tan agradable?¿Porque los hados habían querido que, precisamente aquel día, todo pareciese especialmente hermoso y mágico?¿Porqué se reía Dios de mí de esa manera? Esta claro, pensé, porque Dios no existe y la sociedad es una basura...que hipocresía...No podía dejar de pensar en la otra noche y en la anterior y en la anterior a esa y, a decir verdad, me vinieron a la cabeza todas las que fui capaz de recordar.
No dejaba de darle vueltas, no podía sacarme de la cabeza los moratones, los gritos, los cortes, las lágrimas, las hinchazones, los llantos...sentía tanta rabia, tanta impotencia...Estaba en una vieja casa de madera, con dos pisos y muebles antiguos, ventanas enormes y adornos arcaicos y polvorientos, rodeado de gente que me resultaba indiferente, en mitad de una fiesta. Había ido con la esperanza de despejar la mente, y sin embargo...
No paso mucho tiempo antes de que me percatase de que Mary Anne no dejaba de mirarme. Llevaba todo el año coqueteando conmigo, ¡menuda pesada!...Pensándolo mejor llegué a la conclusión de que seguirle el juego a aquella chica me ayudaría a alejarme un poco de todo y, al fin y al cabo, ella no estaba mal, tenía un buen par de tetas y un culo aceptable. Decidí acercarme a ella, ni siquiera hablamos mucho, el camino estaba completamente despejado y no tarde en meterle la mano por donde quise.
Subimos al piso de arriba y echamos un polvo. Sinceramente no fue nada espectacular ni especial, recuerdo que la chupaba bien y apostaría a que era virgen, aunque en realidad no me importa. Después nos quedamos un rato en la cama; mientras fallábamos conseguí alejarme de mis perpetuos pensamientos, pero ahora me asaltaban con más fuerza...
Me levante unos quince minutos después, me vestí y escondí entre los vaqueros y la camiseta, con cuidado, el bulto del revolver calibre 38 que había comprado esa misma tarde. Puse rumbo a casa por las calles mal iluminadas, esquivando vagabundos, yonkis y borrachos, escudriñando los adoquines del suelo cuidadosamente.
Cuando llegué a casa encontré lo que me temía. Mi padre había vuelto borracho otra vez y, como era ya costumbre, estaba abofeteando a mi madre. Mi primer impulso fue gritar, meterme en medio y detener a aquel hijo de puta, pero entonces sentí el metal del arma, frío, tentador...no pude resistirlo,
- ¡DÉJALA! - grité
Vi como mi madre salía disparada unos metros hacia la derecha al tiempo que apretaba el gatillo del revolver contra mi padre. Un estruendo hizo temblar la casa entera y mi padre, inconsciente, cayó al suelo al lado de mi madre, desmayada, sangrando por un costado. El arma se me resbaló y chocó contra el suelo, a mi espalda, el perro, pequeño, marrón y de apariencia bastante desaliñada, aullaba con fuerza.
Tobby
Aquella mañana la casa estaba muy iluminada, el sol entraba por todas las ventanas y hacia una temperatura muy agradable. Evelyn, mamá, como me gustaba llamarla, se había levantado bastante animada, no dejaba de cantar y silbar mientras fregaba los platos, barría los suelos, hacía las camas o me servía la comida, ¡qué buena era!. Me gustaba mucho cuando Evelyn se encontraba de tan buen humor porque solía pasar bastante tiempo rascándome detrás de las orejas y bajo el hocico, me gustaba tanto que no podía dejar de menear la cola de un lado a otro, a veces incluso no podía evitar ir dando saltitos de un lado a otro.
Me acerque a mi rincón en el salón, cerca de la puerta del jardín trasero. Desde que llegué a mi hogar siempre había tenido un cojín, un muñeco de trapo, un plato con comida y otro con agua en mi rincón. Además podía ver la calle desde mi posición. Me gustaba mirar como jugaban los niños a través de los cristales.
Me di cuenta de que la comida era de una marca diferente, olía y sabía distinto, pero estaba buena. Pasé mucho rato mirando la calle, Evelyn hacía bastante que no cantaba ni silbaba, creo que estaba en su habitación llorando. Supongo que los golpes que Arthur le daba por las noches aún debían dolerle. No me atreví a ladrar o aullar para no molestarla, pero se había hecho de noche, Arthur estaría a punto de llegar y Evelyn todavía no le había puesto su comida de por la noche, Arthur siempre se enfadaba por eso. Me quedé en mi rincón, rascándome el lomo con la pata trasera, me gustaba hacerlo.
Evelyn se había levantado y parecía tener mucha prisa en lo que hacía, incluso se había olvidado de rellenarme mi platito de agua y comida. No dije nada. Arthur entró entonces por la puerta y comenzó a discutir con Evelyn. No tardó mucho en empezar a pegarla, yo miraba en silencio, Arthur era muy fuerte y si hacía algo me pegaría a mí también, estaba seguro porque olía de una forma muy penetrante y extraña; siempre que olía así se enfadaba con facilidad. Mientras Arthur golpeaba a Evelyn volvió a abrirse la puerta y entro Kevin. Kevin siempre había sido muy bueno conmigo y con su madre. Se quedó mirando la escena un instante, entonces sacó un aparato muy raro, gris y brillante, le dijo algo a Arthur gritando y entonces hubo un ruido muy grande, Arthur cayó al suelo, junto a Evelyn. Kevin dejó caer aquel aparato tan extraño. Yo estaba muy asustado y no pude evitar comenzar a aullar con todas mis fuerzas. Kevin parecía estar muy asustado también, pero no se movía, estaba muy pálido.
Me acerqué a aquel aparato. Una de sus puntas echaba humo y estaba muy caliente. Me alejé corriendo y me acurruqué en mi rincón. Unos quince minutos después pude ver por la ventana como se acercaba un coche con luces giratorias que hacían mucho ruido. Unos hombres vestidos de color oscuro entraron en casa y se llevaron a Kevin, que no se había movido del sitio. Luego otros hombres vestidos de color claro se llevaron a Arthur y a Evelyn en unas camas con ruedas, tapados de pies a cabeza. Yo no me moví, no dije ni hice nada, estaba muy asustado.
Epilogo
Ayer 16 de Mayo de 2005 nuestra ciudad fue testigo de un nuevo episodio de violencia familiar. El desgraciado suceso tuvo lugar entre las 21:00 y las 23:00 de la pasada noche; el resultado de tan trágico incidente fue la muerte de dos personas y el encarcelamiento de un adolescente por asesinato. Evelyn Guarch Johansson y Arthur Guarch Nineth fueron recogidos en estado de muerte clínica en su domicilio de la calle Martial Street. Pese a los esfuerzos de los miembros sanitarios la reanimación resultó imposible.
La policía fue la primera en llegar a lugar de los hechos. Al parecer Evelyn sufría malos tratos por parte de su marido Arthur con frecuencia, como parecen indicar las declaraciones de vecinos y allegados, además de los numerosos moratones que presenta el cuerpo de la mujer. Según diversas declaraciones Arthur tenía problemas considerables con la bebida. El matrimonio, cuyo 26 aniversario se hubiera celebrado el próximo mes de agosto, tenía un hijo de 19 años llamado Kevin. Al parecer la noche de autos Kevin encontró a su padre, Arthur, golpeando con violencia a su madre, Evelyn. Uno de los golpes propició que Evelyn se hiriese mortalmente en la cabeza. Ante la escena Kevin apuntó y disparó a su padre con un revolver no registrado del calibre 38, produciéndole heridas de mortalidad necesaria en varios órganos internos. En estos momentos el joven se encuentra en disposición policial, se especula con una pena de prisión por homicidio bajo presión, pudiendo prolongarse hasta los 12 años.
Los únicos testigos de los incidentes son la pareja del joven Kevin, Mary Anne, que tras un pequeño altercado entre ellos siguió al muchacho hasta su casa, y el perro de la familia, Tobby, que se encontraba visiblemente impresionado por los hechos. Tobby será trasladado a una perrera por un plazo de dos semanas, si nadie lo toma en adopción en ese tiempo será sacrificado(ver foto al pie de página), los interesados llamen al 657894532.
Una suave brisa entraba por la ventana abierta en la cocina. Un reloj de cuco, bastante antiguo y en un mal estado considerable, pero que extrañamente seguía dando la hora con eficacia (a pesar de los terribles golpes que había recibido), daba en ese momento las 12 del mediodía. Las cortinas, hinchadas por el viento, dejaban ver a través de sus translúcida textura un grupo de niños jugando en la calle con un balón. El pequeño jardín delantero se encontraba en un estado bastante malo, hacía varios meses que nadie lo podaba y las malas hierbas lo habían invadido. Pensé que sería una buena idea arreglarlo un poco, así que dejé el bote de limpia cristales y el trapo, arrugado y sucio, en un pequeño armario de la cocina y me dirigí tarareando una canción hacia el dormitorio. La cama de matrimonio ocupaba la mayor parte de la estancia, la colcha color crema reflejaba la luz que atravesaba los cristales del ventanal, lo que le daba un aire majestuoso al mueble, que realmente era bastante común y viejo.
Abrí la puerta del armario y saqué unos viejos vaqueros, una descolorida camisa a cuadros y una raída pamela de paja. Me quité las zapatillas de estar por casa y me desabroché la falda. Era una prenda negra con adornos blancos que me llegaba a la altura de las rodillas. Estaba fabricada en una tela blanda y suave que se redujo a un pequeño bulto cuando calló al suelo deslizándose por mis piernas. La camiseta que llevaba no hacía juego con la falda. Se trataba de una antigua prenda de color grisáceo, bastante vieja y desgastada. El conjunto resultaba bastante raro.
Sin dejar de tararear la canción me enfundé los vaqueros, me puse la camisa, dejando que los faldones colgasen por fuera y me calcé unas botas de jardinero. Me puse la pamela sobre la cabeza y me giré para colocármela frente al espejo. Entonces regresé a la realidad. La canción se cortó de golpe. Allí, en el cristal, mirándome de frente, se veía la cara de una mujer de unos cuarenta años, con el pelo castaño y los ojos color miel. Si no fuera por el tono morado intenso de uno de los pómulos, por la aureola verdosa que envolvía los ojos y la hinchazón de labio superior, además de unos cuantos cortes, aquel rostro habría sido hermoso. Me quité el sombrero lentamente mientras dejaba escapar una lágrima solitaria. Me dejé caer en la cama y rememoré la noche anterior. Vi claramente cómo llegaba Arthur. Escuché sus gritos cuando le dije que la cena aún no estaba lista, le vi coger el viejo reloj...sentí todos y cada uno de sus puñetazos y bofetadas...sentí como, horas más tarde, mi hijo me abrazaba...pude escuchar como aullaba el perro y percibir el olor a quemado de la cena...
Apenas me di cuenta de que el tiempo pasaba. Estuve llorando durante horas. Cuando levanté la vista de la almohada vi que ya había oscurecido y un escalofrío me recorrió la espalda. Me levanté rápidamente y corrí a la cocina. Arthur debía estar a punto de llegar y aún no tenía la cena lista...otra vez no...Entonces se abrió la puerta de la calle y un penetrante olor a alcohol invadió la casa. Mi marido entró en la cocina y comenzó a gritarme, como de costumbre:
- ¡¿Aún no esta la cena, perra?!
- Enseguida te la sirvo Arthur, serán solo cinco minutos.
- ¡Cinco minutos! Puta zorra...
La discusión no se prolongó más, comenzó a golpearme con las manos sin piedad alguna, al menos esta vez apenas me había insultado...pero parecía terriblemente furioso, nunca me había pegado tan fuerte...entre lágrimas de dolor e impotencia comencé a suplicarle que parara, pero mi marido no me hizo caso. Una silueta apareció en el umbral de la puerta, pero no pude ver quien era, la mano de mi marido cortó el aire para estrellarse en mi rostro y lanzarme varios metros a la derecha; más que sentir intuí un nuevo golpe contra algún mueble. No vi ni oí nada más.
Arthur
Las doce. Buena hora para ir a tomar una cerveza con los compañeros de trabajo, después de una dura jornada. Realmente era un día bastante agradable, no hacía mucho calor ni desde luego hacía frío, el día en la oficina había ido bastante bien y la jornada ya estaba cerrada. John y yo entramos en un bar cerca de mi casa para refrescarnos un poco. Pedí un Old Virginia con cocacola.
- Lo que te estaba contando John, a las diez de la noche y la cena aún estaba sin servir.
- ¡Hay que joderse!
- Si, la muy zorra, se tira todo el día en casa rascándose el coño y ni siquiera es capaz de tenerme la cena hecha cuando vuelvo del trabajo.
- Tienes toda la razón, es imperdonable, ¿qué hiciste?
- ¿Que qué hice? Pues lo único que podía hacer; le di un par de bofetadas, para que aprendiese la lección la muy puta.
- Ajá, eso es, que se entere quien lleva los pantalones.
- Sí, seguro que hoy no se le olvida, y si se le olvida, peor para ella.
La conversación cambió de rumbo varias veces durante las horas que pasamos charlando y bebiendo. Ya era hora de que pudiese tener un descanso. La gente entraba y salía del bar, se apoyaba en la barra mugrienta, se sentaba a las mesas cojas y sucias y bebía distintos néctares por litros. Tomé varios Old Virginia y un par de cervezas, solo para refrescarme. El calor se estaba volviendo sofocante.
Disertando con John el tiempo pasaba realmente rápido, comenzaba a hacerse tarde, pero ¡qué demonios, par algo me paso el día trabajando! Ya había oscurecido cuando interrumpí mi reunión con John para ir a casa. Entré por la puerta, de un color blanco ligeramente amarillento a causa del sol. Me dirigí a la cocina, ya era hora de cenar.
Sin embargo, esa puta de mi mujer aún estaba detrás estaba cocinando; ¡qué desfachatez! ¡Que sin vergüenza! No pude reprimirme cuando me dijo que la cena aún no estaba lista ¡y tuvo la cara de decir que lo estaría enseguida! ¡¿Enseguida?! No, debía estar ya lista. No lo soporté, me acerqué a ella y comencé a zarandearla, le di un par de bofetadas y le eché la bronca; se lo había ganado, la muy cabrona...será puta...Una de las bofetadas la lanzó varios metros a la derecha, ¡cuánto teatro...!
- ¡DÉJALA!
Siguiendo a ese grito llegó a mis oídos un ruido muy fuerte y un dolor punzante y muy intenso atravesó mi costado derecho. El dolor era muy fuerte, no sentí nada más, me desmayé.
Mary Anne
Aquel día se estaba convirtiendo por momentos en un sueño...aquel salón forrado de madera, con muebles antiguos, frisos y cenefas carísimas, aquella casa de aspecto victoriano, aquella fiesta....todo.
No podía evitar que la carne se me pusiera de gallina y el pelo de la nuca se me erizase cada vez que mi mirada se cruzaba accidentalmente con la suya...Allí estaba él, con su larga melena de un color negro azabache muy intenso y unos ojos verdes profundísimos, con su semblante adulto, maduro, pero juvenil, con la sombra de una barba uniforme...
De forma inconsciente comencé a coquetear con Kevin...a esas alturas ya estaba segura de que todo era un sueño. No pude evitar que me temblara todo el cuerpo cuando la luz del crepúsculo, atravesando las enormes ventanas y llegando a nosotros de forma tenue, ilumino nuestros rostros, instantes antes de besarnos...aquello fue indescriptible...sin embargo no lo entendía, me había evitado tantas veces...
Aparté de mí esos pensamientos cuando, levantándome en brazos, me condujo a una habitación en el piso superior. Sus manos, grandes y fuertes, se deslizaron por todo mi cuerpo, acariciando cada curva, cada rincón...antes de darme cuenta mi vestido se encontraba en el suelo, arrugado junto a mi ropa interior, mirando de frente los vaqueros, la camiseta negra y los boxer de Kevin.
Apenas un segundo después podía sentir su lengua acariciando dulcemente mi sexo...el tiempo parecía no transcurrir mientras hacíamos el amor, podía sentir cómo con cada compás una dosis de cariño entraba en mi junto a su miembro. No soy capaz de describir con mayores y mejores detalles aquellos momentos, soy incapaz de comentar ni siquiera la magnificencia y sensibilidad del orgasmo, no puedo articular bien las palabras cuando pienso en los momentos que pasé abrazada a su pecho, desnuda, semicubierta con una sábana después de aquel sueño maravilloso.
Sin embargo recuerdo el dolor y la desilusión que sentí cuándo, aproximadamente quince minutos después, salía vestido con aquellos vaqueros ajustados y su camiseta por la puerta de la casa y ponía un rumbo indefinido, escondiendo algo entre la camiseta y el pantalón. No pude comprenderlo...
Kevin
¿Porque aquel día parecía tan agradable?¿Porque los hados habían querido que, precisamente aquel día, todo pareciese especialmente hermoso y mágico?¿Porqué se reía Dios de mí de esa manera? Esta claro, pensé, porque Dios no existe y la sociedad es una basura...que hipocresía...No podía dejar de pensar en la otra noche y en la anterior y en la anterior a esa y, a decir verdad, me vinieron a la cabeza todas las que fui capaz de recordar.
No dejaba de darle vueltas, no podía sacarme de la cabeza los moratones, los gritos, los cortes, las lágrimas, las hinchazones, los llantos...sentía tanta rabia, tanta impotencia...Estaba en una vieja casa de madera, con dos pisos y muebles antiguos, ventanas enormes y adornos arcaicos y polvorientos, rodeado de gente que me resultaba indiferente, en mitad de una fiesta. Había ido con la esperanza de despejar la mente, y sin embargo...
No paso mucho tiempo antes de que me percatase de que Mary Anne no dejaba de mirarme. Llevaba todo el año coqueteando conmigo, ¡menuda pesada!...Pensándolo mejor llegué a la conclusión de que seguirle el juego a aquella chica me ayudaría a alejarme un poco de todo y, al fin y al cabo, ella no estaba mal, tenía un buen par de tetas y un culo aceptable. Decidí acercarme a ella, ni siquiera hablamos mucho, el camino estaba completamente despejado y no tarde en meterle la mano por donde quise.
Subimos al piso de arriba y echamos un polvo. Sinceramente no fue nada espectacular ni especial, recuerdo que la chupaba bien y apostaría a que era virgen, aunque en realidad no me importa. Después nos quedamos un rato en la cama; mientras fallábamos conseguí alejarme de mis perpetuos pensamientos, pero ahora me asaltaban con más fuerza...
Me levante unos quince minutos después, me vestí y escondí entre los vaqueros y la camiseta, con cuidado, el bulto del revolver calibre 38 que había comprado esa misma tarde. Puse rumbo a casa por las calles mal iluminadas, esquivando vagabundos, yonkis y borrachos, escudriñando los adoquines del suelo cuidadosamente.
Cuando llegué a casa encontré lo que me temía. Mi padre había vuelto borracho otra vez y, como era ya costumbre, estaba abofeteando a mi madre. Mi primer impulso fue gritar, meterme en medio y detener a aquel hijo de puta, pero entonces sentí el metal del arma, frío, tentador...no pude resistirlo,
- ¡DÉJALA! - grité
Vi como mi madre salía disparada unos metros hacia la derecha al tiempo que apretaba el gatillo del revolver contra mi padre. Un estruendo hizo temblar la casa entera y mi padre, inconsciente, cayó al suelo al lado de mi madre, desmayada, sangrando por un costado. El arma se me resbaló y chocó contra el suelo, a mi espalda, el perro, pequeño, marrón y de apariencia bastante desaliñada, aullaba con fuerza.
Tobby
Aquella mañana la casa estaba muy iluminada, el sol entraba por todas las ventanas y hacia una temperatura muy agradable. Evelyn, mamá, como me gustaba llamarla, se había levantado bastante animada, no dejaba de cantar y silbar mientras fregaba los platos, barría los suelos, hacía las camas o me servía la comida, ¡qué buena era!. Me gustaba mucho cuando Evelyn se encontraba de tan buen humor porque solía pasar bastante tiempo rascándome detrás de las orejas y bajo el hocico, me gustaba tanto que no podía dejar de menear la cola de un lado a otro, a veces incluso no podía evitar ir dando saltitos de un lado a otro.
Me acerque a mi rincón en el salón, cerca de la puerta del jardín trasero. Desde que llegué a mi hogar siempre había tenido un cojín, un muñeco de trapo, un plato con comida y otro con agua en mi rincón. Además podía ver la calle desde mi posición. Me gustaba mirar como jugaban los niños a través de los cristales.
Me di cuenta de que la comida era de una marca diferente, olía y sabía distinto, pero estaba buena. Pasé mucho rato mirando la calle, Evelyn hacía bastante que no cantaba ni silbaba, creo que estaba en su habitación llorando. Supongo que los golpes que Arthur le daba por las noches aún debían dolerle. No me atreví a ladrar o aullar para no molestarla, pero se había hecho de noche, Arthur estaría a punto de llegar y Evelyn todavía no le había puesto su comida de por la noche, Arthur siempre se enfadaba por eso. Me quedé en mi rincón, rascándome el lomo con la pata trasera, me gustaba hacerlo.
Evelyn se había levantado y parecía tener mucha prisa en lo que hacía, incluso se había olvidado de rellenarme mi platito de agua y comida. No dije nada. Arthur entró entonces por la puerta y comenzó a discutir con Evelyn. No tardó mucho en empezar a pegarla, yo miraba en silencio, Arthur era muy fuerte y si hacía algo me pegaría a mí también, estaba seguro porque olía de una forma muy penetrante y extraña; siempre que olía así se enfadaba con facilidad. Mientras Arthur golpeaba a Evelyn volvió a abrirse la puerta y entro Kevin. Kevin siempre había sido muy bueno conmigo y con su madre. Se quedó mirando la escena un instante, entonces sacó un aparato muy raro, gris y brillante, le dijo algo a Arthur gritando y entonces hubo un ruido muy grande, Arthur cayó al suelo, junto a Evelyn. Kevin dejó caer aquel aparato tan extraño. Yo estaba muy asustado y no pude evitar comenzar a aullar con todas mis fuerzas. Kevin parecía estar muy asustado también, pero no se movía, estaba muy pálido.
Me acerqué a aquel aparato. Una de sus puntas echaba humo y estaba muy caliente. Me alejé corriendo y me acurruqué en mi rincón. Unos quince minutos después pude ver por la ventana como se acercaba un coche con luces giratorias que hacían mucho ruido. Unos hombres vestidos de color oscuro entraron en casa y se llevaron a Kevin, que no se había movido del sitio. Luego otros hombres vestidos de color claro se llevaron a Arthur y a Evelyn en unas camas con ruedas, tapados de pies a cabeza. Yo no me moví, no dije ni hice nada, estaba muy asustado.
Epilogo
Ayer 16 de Mayo de 2005 nuestra ciudad fue testigo de un nuevo episodio de violencia familiar. El desgraciado suceso tuvo lugar entre las 21:00 y las 23:00 de la pasada noche; el resultado de tan trágico incidente fue la muerte de dos personas y el encarcelamiento de un adolescente por asesinato. Evelyn Guarch Johansson y Arthur Guarch Nineth fueron recogidos en estado de muerte clínica en su domicilio de la calle Martial Street. Pese a los esfuerzos de los miembros sanitarios la reanimación resultó imposible.
La policía fue la primera en llegar a lugar de los hechos. Al parecer Evelyn sufría malos tratos por parte de su marido Arthur con frecuencia, como parecen indicar las declaraciones de vecinos y allegados, además de los numerosos moratones que presenta el cuerpo de la mujer. Según diversas declaraciones Arthur tenía problemas considerables con la bebida. El matrimonio, cuyo 26 aniversario se hubiera celebrado el próximo mes de agosto, tenía un hijo de 19 años llamado Kevin. Al parecer la noche de autos Kevin encontró a su padre, Arthur, golpeando con violencia a su madre, Evelyn. Uno de los golpes propició que Evelyn se hiriese mortalmente en la cabeza. Ante la escena Kevin apuntó y disparó a su padre con un revolver no registrado del calibre 38, produciéndole heridas de mortalidad necesaria en varios órganos internos. En estos momentos el joven se encuentra en disposición policial, se especula con una pena de prisión por homicidio bajo presión, pudiendo prolongarse hasta los 12 años.
Los únicos testigos de los incidentes son la pareja del joven Kevin, Mary Anne, que tras un pequeño altercado entre ellos siguió al muchacho hasta su casa, y el perro de la familia, Tobby, que se encontraba visiblemente impresionado por los hechos. Tobby será trasladado a una perrera por un plazo de dos semanas, si nadie lo toma en adopción en ese tiempo será sacrificado(ver foto al pie de página), los interesados llamen al 657894532.

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